Oviedo

Vista aérea de Oviedo

De un vistazo

Aquí decidieron los reyes asturianos que debía ubicarse la capital de su monarquía. Embellecieron la urbe con palacios e iglesias, de las que persisten las de Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo, Patrimonio de la Humanidad. Los peregrinos jacobeos se detenían en la catedral de San Salvador, uno de los hitos del Camino de Santiago.

Oviedo atesora este ilustre pasado pero también un dinámico presente, repleto de eventos culturales, entre los que sobresale la entrega de los Premios Príncipe de Asturias.

A destacar

Ligada a los primeros reyes de la monarquía astur, en Oviedo perduran joyas como las iglesias prerrománicas del Naranco y San Miguel de Lillo y la catedral de San Salvador.

La fuente de Foncalada es la única construcción civil con finalidad pública que se conserva de la Alta Edad media.


En detalle

En el año 761, dos monjes llamados Máximo y Fromestano fundaron un monasterio dedicado a San Vicente en la colina conocida como Ovetao. Este fue el origen de la ciudad de Oviedo, que se convertiría en el 792 en la capital del reino de Asturias, único territorio de la Península que se mantuvo independiente frente a los nuevos gobernantes musulmanes.

San Miguel de Lillo.

Aunque Fruela I ya había ordenado construir varios edificios junto al monasterio, fue Alfonso II el Casto quien trasladó allí la corte desde Cangas de Onís. La monarquía astur se consideraba heredera del poder visigodo y aspiraba a reinstaurarlo. Por el momento, se dedicó a consolidar su presencia en las tierras del Cantábrico y a dotarse de aquellos elementos que dan lustre a un reino.

Así, Oviedo se adornó con edificios religiosos y civiles que cumplían tanto una función práctica como simbólica. Su estilo arquitectónico fue el que hoy conocemos como Prerrománico Asturiano, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Las preciosas iglesias de San Julián de los Prados, Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo, construidas entre los siglos VIII y IX, son sus mejores exponentes.

La catedral de San Salvador, uno de los principales santuarios del Camino de Santiago.

Tradición jacobea.

Al desplazarse hacia el sur el eje del poder cristiano, la corte del reino se trasladó a León en el siglo X. Fue un duro golpe para Oviedo, que sin embargo recuperó su relevancia gracias al Camino de Santiago. Los peregrinos tenían en la catedral de San Salvador uno de sus santuarios principales y, de hecho, se acuñó un dicho que resaltaba su importancia: Quien va a Santiago y no al Salvador, visita al criado y desdeña al señor.

La ciudad estaba circundada entonces por una muralla circular, que se mantendría hasta el siglo XIX, centuria en la que se derribaron la mayor parte de los recintos defensivos de las urbes españolas, una vez perdida su función militar. Sobreviven algunos de sus fragmentos en las calles Paraíso, Postigo, Jovellanos y en la plaza de Riego. La reactivación del comercio durante el Renacimiento dota de vitalidad a Oviedo, que también vive sucesos dramáticos como el incendio que asoló la urbe en 1522. Capital provincial y sede del obispado, la ciudad se convierte durante los siglos XVII y XVIII en el lugar elegido por la nobleza para ubicar sus residencias.

Las animadas terrazas de la plaza del Fontán, uno de los lugares de reunión habituales en la capital del Principado.

Surge además un barrio comercial fuera de las murallas, el Fontán, y se instala en Trubia una fábrica de armas. El despegue económico y cultural culmina con la fundación de la Universidad oventense, que desde entonces es un rasgo característico de la personalidad de la ciudad.

Época de cambios

El siglo XIX fue una época de cambios para todo el país, para el Principado y para su capital. La industrialización dio protagonismo al carbón asturiano y Oviedo, situada entre las cuencas hulleras y los puertos de embarque del mineral, cobró valor como enclave comercial y financiero, dotándose incluso de algunas factorías metalúrgicas. La desamortización de los bienes de la Iglesia y los ayuntamientos, que luego subastó el Estado, dejó libres numerosos terrenos que permitieron el crecimiento urbanístico. Una de las víctimas de las obras públicas de este periodo fue el roble centenario que se alzaba en la actual calle Uría, El Carbayón. Desapareció el árbol pero no su espíritu, porque el nombre popular con el que se conoce a los oventenses es precisamente el de carbayones.

La Foncalada, la única construcción civil con finalidad pública que se conserva de la Alta Edad media.

Los enfrentamientos civiles de 1934 y 1936 dejaron trágica huella en la ciudad, que sufrió incendios y bombardeos que destruyeron por completo la Biblioteca de la Universidad. La segunda mitad del siglo XX asistió a otra oleada de crecimiento urbano y a la pérdida de espacios en beneficio del tráfico rodado. En las últimas décadas se ha paliado este defecto con la peatonalización de numerosas calles del centro histórico, lo que ha dado a Oviedo su carácter de ciudad paseable y hecha a la medida del hombre. También se ha ganado una merecida fama de urbe aseada y ha logrado en varias ocasiones el título de ciudad más limpia de España.

Piedras que hablan

En Oviedo, la historia no es solo algo del pasado, sino que se mantiene viva aunque sea en forma de piedra inerte. El buen estado de conservación de su casco histórico permite al visitante imaginar perfectamente estampas de otras épocas. El barrio antiguo está organizado en torno a tres ejes paralelos, trazados sobre las vías que unían las puertas de la muralla medieval.

El primero de ellos está formado por las calles Cimadevilla, La Rúa, la plaza de la Catedral, San Juan y Jovellanos. El segundo eje lo forman las calles Mon, Santa Ana y Águila, mientras que San José y San Vicente integran el tercero.

Vista lateral de la catedral de San Salvador.

La catedral de San Salvador

Un paseo por Oviedo puede comenzar en la catedral de San Salvador, en el corazón histórico de la ciudad. Aunque su estilo es gótico en lo fundamental, conserva elementos prerrománicos y románicos, así como posteriores añadidos barrocos. Al prerrománico pertenecen los restos del palacio de Alfonso II, parte de la Torre Vieja y la Cámara Santa, que alberga en su interior los tesoros de la monarquía astur, entre ellos la Caja de las Ágatas, la Cruz de los Ángeles y la de la Victoria, señaladas piezas de orfebrería.

Siguiendo ya el canon románico, en el siglo XII se construyó la Capilla Superior de la Cámara Santa, con seis estatuas- columnas que figuran entre las obras maestras de la escultura del periodo. De estilo gótico son la portada, la Sala Capitular, el claustro y el remate de la flecha de la torre, entre otros elementos. La Girola es barroca, como también lo son las capillas de Santa Bárbara o la del obispo Vigil de Quiñones. Una peculiaridad del templo es que, aunque fue diseñado con dos torres, solo se llegó a construir una.

La Caja de las Ágatas, una de las piezas que atesora San Salvador.

Sin salir de la plaza de la Catedral podemos contemplar numerosos edificios de gran interés. En la esquina con la plaza Porlier, se encuentra la capilla de la Balesquida, dedicada a la Virgen de la Esperanza, originaria del siglo XIII aunque reconstruida en varias ocasiones. Junto a ella está la Casa de los Llanes, palacio barroco del XVIII. La sede del Colegio Notarial, de estilo neoclásico, da paso al Palacio de la Rúa o del Marqués de Santa Cruz, del siglo XV, el edificio civil más antiguo de Oviedo.

En el lateral izquierdo de la plaza se ubica el Palacio de Valdecarzana y Heredia, edificio barroco de los siglos XVII y XVIII, ahora sede del Tribunal Superior de Justicia de Asturias. La plaza que hoy contemplamos se creó a principios del siglo XX, tras derribar una manzana de viviendas que hasta entonces había en el solar. Una estatua de La Regenta, obra de Mauro Álvarez, rinde homenaje al Oviedo que recreó Clarín en su más famosa novela bajo el nombre de Vetusta.

En la vecina plaza Porlier encontraremos varios palacios del siglo XVIII, entre ellos el de Camposagrado, además de otra escultura señalada de la ciudad, El regreso de Williams B. Arrensberg, de Eduardo Úrculo. Muy cerca de la catedral, en la calle Santa Ana, se alza la iglesia de San Tirso, de origen prerrománico pero con numerosos añadidos posteriores. Solo el arranque de la torre y parte del ábside conservan su estilo primigenio, presentando este último la característica ventana trigeminada (dividida en tres vanos) que hoy sirve de anagrama turístico al Principado de Asturias. También está situado en esta vía el palacio barroco de Velarde, una de las dos construcciones señoriales ocupadas por el Museo de Bellas Artes de Asturias, recientemente reformado.

Una de las salas del Museo de Bellas Artes de Asturias.

Antigua puerta medieval

Girando por la calle San Antonio y tomando luego la calle Cimadevilla se entra en la Plaza de la Constitución, que alberga el edificio del Ayuntamiento y la iglesia de San Isidoro el Real, construida entre los siglos XVI y XVIII. El arco que pasa por debajo del Ayuntamiento ocupa el lugar de la antigua puerta medieval de Cimadevilla, por la que accedían los peregrinos que acudían a visitar San Salvador.

Anexo a San Isidoro se encuentra el bullicioso mercado del Fontán y poco más allá la plaza del mismo nombre, un encantador espacio porticado con floridos balcones, que es uno de los principales lugares de reunión social de la capital. La plaza del Fontán da paso a la de Daoíz y Velarde, igualmente frecuentada, que alberga el palacio dieciochesco del marqués de San Feliz y la escultura Vendedoras del Fontán, de Favila. Sidrerías, comercios y puestos de flores ocupan ambas plazas y sus aledaños.

El bulevar de las sidrerías y La Foncalada

Hay buenas sidrerías por toda la ciudad, ya hemos mencionado las situadas en los soportales de la plaza de Daoíz y Velarde, pero la calle Gascona concentra sin duda el mayor número de estos establecimientos. Es por eso que se la conoce popularmente como el bulevar de las sidrerías.

Esta vía tan gastronómica tiene además significación histórica, puesto que en su tramo final está situada la fuente de La Foncalada, construida a finales del siglo IX por orden del rey Alfonso III. Se trata de la única obra pública civil de la Alta Edad Media que se conserva en España.

La escultura Vendedoras del Fontán, en la plaza de Daoíz y Velarde.

Otros lugares de agradable paseo en el casco histórico ovetense son las calles Mon, de la Rúa y Paraíso (que discurre junto a los vestigios de la muralla medieval) y las plazas de Trascorrales y del Paraguas, llamada así por el gran parasol que ocupa su centro, empleado para cobijarse por las vendedoras de leche que organizaban aquí su mercado en el siglo XIX.

Fuera del Oviedo antiguo y lindando con las calles más comerciales de la ciudad se encuentra el Campo de San Francisco, un gran parque público que fue en origen el huerto de un convento de franciscanos. Es un precioso lugar, ocupado por árboles de gran porte entre los que se pasean pavos reales. Si la visita coincide con la primavera, el momento del cortejo, asistiréis al espectacular despliegue de los machos, que tratan de impresionar a las hembras abriendo al máximo sus colas en forma de abanico.

El Prerrománico oventense

Bajo los reinados de Alfonso II (791-842) y Ramiro I (842-850), su sucesor en el trono, se erigieron en Oviedo y sus inmediaciones los tres mejores exponentes del arte prerrománico asturiano.

Se trata de las iglesias de San Julián de los Prados, en la parte noroeste de la ciudad, San Miguel de Lillo y Santa María del Naranco, ambas en un promontorio a tres kilómetros del núcleo urbano. San Julián de los Prados, erigida en tiempos de Alfonso II, presenta planta basilical de tres naves, crucero y cabecera triple con capillas. Especialmente destacables son las pinturas que decoran su interior, con motivos vegetales, signos simbólicos y representaciones de joyas.

Del reinado de Ramiro I datan San Miguel de Lillo y Santa María del Naranco. La primera es una iglesia de tres naves, parte de la cual se derrumbó en el siglo XI. Es reseñable la decoración escultórica de sus celosías, capiteles, basas y columnas, y singularmente la de las jambas que flanquean la entrada. También presenta las primeras pinturas del arte asturiano en las que aparecen representadas personas, en concreto un músico y una figura sentada en un trono.

Santa María del Naranco fue en origen un palacio, aunque posteriormente se convirtió en templo. Es un edificio estilizado, compuesto por dos plantas abovedadas, que aportó en su momento innovaciones constructivas, entre ellas el empleo de las bóvedas de cañón o los contrafuertes. Su decoración es excepcional y está plenamente integrada en la estructura arquitectónica, como ejemplifican las columnas con sogueado. En la sala superior aparece un rico muestrario de figuras humanas, motivos vegetales y animales, tanto

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